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CASA-ESTUDIO GARCÍA MÁRQUEZ


Es una clave maestra la que hoy nos convoca. Se llama generosidad.

En esta casa tuvo lugar el proceso creativo del que surgió una de las más grandes obras escritas en la lengua de Cervantes. Hace más de una década fue posible saber que Cien años de soledad había alcanzado los cincuenta millones de ejemplares y que la novela había sido traducida y distribuida por el mundo en treinta y cinco idiomas.

Para entender el porqué del éxito de una publicación existen diversas explicaciones. Javier Cercas propone que ese logro corresponde a una coincidencia azarosa entre las obsesiones íntimas del escritor y lo que la sociedad necesita. Detrás de esto habría que insistir también en cualidades imprescindibles como son la determinación, la voluntad de quien decide dedicar su tiempo a encontrar y dar vida a su voz interior; de hallar las palabras que la hagan elocuente y, además, hacerse de las circunstancias que le permitan dar a luz a tan comprometedora intención.

Para emprender la realización de su obra Gabriel García Márquez hubo de renunciar a las actividades que le daban sustento para entregarse a dar vida al mundo que bullía en su interior; ese que su mirada y su fantasía habían venido recogiendo de la realidad que él supo recrear en el fluir inagotable de su imaginación.
El escritor se lanzó a la gran travesía y ya entrado en el oleaje de altamar se encontró con un pequeño problema: el agotamiento de los recursos para continuar cubriendo una necesidad tan seria, como lo era el pago del alquiler de esta casa que abrigaba no solo sus sueños y sus esfuerzos sino la vida de la familia que rodeaba al solitario concentrado en ejercer el oficio al que él llamaba la carpintería de las palabras.

El rostro de la fortuna, que ya se había hecho presente con la existencia de Mercedes y el apoyo de amigos como María Luisa Elío y Jomi García Ascot, decidió aparecer, esta vez, encubierto en una llamada telefónica del propietario que expresaba su preocupación por el incumplimiento del contrato. Ante el requerimiento, Mercedes manifestó su imposibilidad para atender el pago no solo de lo adeudado sino de lo que habría de acumularse en tanto la escritura del libro no estuviera concluida. No obstante, expresó la certeza de que la novela en proceso se haría cargo de cubrir la totalidad de los adeudos. De qué tiempo estamos hablando, preguntó Don Luis. De nueve meses, respondió Mercedes como si de un parto se tratara. Al solemne ofrecimiento del escritor, de hacer constar su compromiso en los documentos que el propietario requiriese, recuerda Mercedes la sentencia aún más solemne pronunciada por aquel elegante caballero: con su palabra me basta.

Es de comprender la trascendencia que estas palabras tuvieron para el escritor, al poder transitar del estado anímico impuesto por la potencial amenaza de verse con su familia privado de un espacio vital imprescindible, al estado de plena confianza en sí mismo que le permitiría ejercer toda la libertad creativa para continuar narrando la vida de Macondo y de los personajes que nacidos al amparo de estas paredes pasarían a desempeñar su misión de protagonistas en el maravilloso abanico de sucesos y emociones que nutren el pálpito de los pueblos de nuestro continente.

Las palabras del señor Coudurier implicaron, desde luego, un acto de gracia, pero sobre todo de profundo respeto, de reconocimiento a la tarea que el escritor realizaba: confianza en el compromiso moral de la persona cuya única prenda consistía en el intangible valor de su poder creativo.

El acto que hoy nos reúne es en varios sentidos descendiente de aquel. Laura Coudurier decidió honrar la memoria de su padre y velar porque el destino de esta casa corresponda a los hechos casi inverosímiles que en ella tuvieron lugar. Su generosidad merece el mayor reconocimiento y la gratitud de la Fundación. Con ella, la de todos quienes tendrán el privilegio de participar de los bienes que de aquí habrán de surgir. Preservaremos con esmero el lugar en el que cobró vida ese inmenso libro, pero además las tareas que aquí se realicen habrán de conferir a la herencia de Don Luis y de Laura un sentido que responda a las raíces que aquí se tejieron y al espíritu que habitó la casa. Por ello habrá de ser un espacio que brinde estímulo a la creatividad literaria y sea lugar de encuentro para la reflexión, el diálogo y la discusión sobre temas de interés para la literatura universal. Cómo no valorar el poder de inspiración de este espacio en el que Remedios la Bella fue envuelta en la sábana que en este jardín recibía los rayos del sol y que al ser llevada por el viento pudo ascender hasta los cielos para ocupar el lugar que a ella estaba reservado. O cómo desconocer la memoria que pervive en la recámara a la que el Gabo se retirara a llorar su pena el día que la muerte puso fin a la existencia de Aureliano Buendía.

Como parte de todo lo que aquí brilla, ha de mencionarse un hecho más en el terreno de la generosidad: el que dará respaldo a la vida productiva de este espacio y que proviene de la visión y la voluntad de los patronos aquí presentes que con un gran entusiasmo han decidido destinar a este fin los recursos necesarios, al tiempo que la Fundación para las Letras Mexicanas continuará con los programas que hasta ahora ha venido llevando a cabo para dar impulso a la literatura.

Debo agradecer muy sentidamente la espléndida disposición que encontramos en Mercedes Barcha para hacer realidad la intención que hoy se materializa. Hemos venido contando con sus valiosas aportaciones en ideas, recuerdos testimoniales y material de gran valor para conferir a esta casa la atmósfera que le corresponde.

Por ello, permítaseme ofrecer estas palabras en homenaje a Mercedes. Todos reconocemos su carácter de imprescindible e inseparable compañera. Ella se hizo cargo de cuanto fue menester para la familia; de brindar al Gabo todo; lo que solo el amor hace posible.

Miguel Limón Rojas


Miguel Limón Rojas,
Foto: Medios Digitales FLM
Laura Coudurier,
Foto: Medios Digitales FLM
Mónica Alonso,
Foto: Medios Digitales FLM
Natalia Toledo y María Baranda,
Foto: Medios Digitales FLM
Jesús Sarukhán,
Foto: Medios Digitales FLM