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Cabezal



MUJER VERANO  Ingrid Solana

Un sombrero sobre un individuo habla mucho más que cualquier pieza sobre el cuerpo. De ahí que, además de proteger al hombre del clima —como todo atuendo—, funcione como un signo cultural determinante de las clases sociales. En la Edad Media, por ejemplo y a pesar de que el sombrero fue instituido como una pieza fundamental de la moda hasta el Renacimiento; bufón, bruja o mujer de la corte, todos portaban un sombrero o tocado como un distintivo de sus funciones y roles. Los sombreros, desde entonces, hablan sobre el clima, la moda y las convenciones culturales. Funcionan de la misma forma que todos los signos que nos rodean. El Autorretrato (1910) de Marianne Von Verefkin nos muestra a la pintora con un sombrero rojo. En una de las alas, tiene un par de flores anaranjadas semejantes a un fruto jugoso de verano. A partir del siglo XX, no podemos adscribir una categorización concreta a un individuo que porte un sombrero porque su uso se extendió a todos los miembros de las sociedades. De ahí que la enigmática figura que nos presenta Von Verefkin hable tan sólo por el color. LEER


Entretenimiento

EL VERANO RECORRE LA VOZ  Tania Carrera y Juan Pablo Anaya

La melodía “Summertime” de George Gershwin ha migrado de la música académica al jazz y de éste al pop para dar frutos en innumerables días de verano. Tres veces se le escucha en la ópera Porgy and Bess (1935): primero, una soprano nos ubica en un atardecer donde el personaje de Clara le canta a su hijo; en la segunda ocasión, los versos “nothin’ can harm you, / with Daddy and Mammy / standin’ by”, dan fuerza dramática al hecho de que el esposo de esa mujer ha muerto; al último, una voz femenina distinta, la del personaje de Bess, le canta al pequeño pues su madre también ha fallecido. El peregrinaje de esta melodía comenzó en la ópera de Gershwin para continuar fuera de ella en múltiples direcciones. LEER



SOLSTICIO DE VERANO Itzel Lara

20 de junio. 3:32 pm.
El hombre sentado en la banca observa con un interés morboso a la anciana que, con paso lento, se acerca al lago artificial.

La anciana —cuyos latidos delatan taquicardia— se para en la orilla. Sobre el agua, un pato.

La anciana saca de la bolsa del suéter unas migajas de pan. Sin fuerza, las arroja. El pato no mueve ni una pluma.

El hombre mira su reloj. La hora de comer ha terminado. De un salto se sacude el traje, acomoda la corbata, mete las manos en los bolsillos y se va silbando.

La anciana —empapada de sudor y con la respiración entrecortada— no despega la vista del animal. En algún momento vendrás, se repite. El pato sigue inmóvil.

Está atardeciendo.

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VIENA. CANCIÓN PARA INVIERNO, CANCIÓN PARA VERANO 
Patricia Garza

I. Con mis calientes lágrimas

Un chelista joven se abotona el abrigo y enciende un cigarro en medio de Stephansplatz. Son las cuatro de la tarde. Ya es de noche. El chelo, guardado en su estuche, no volverá a sonar por ahí hasta en unos meses. Sus compañeros violines abandonaron la plaza semanas antes. Las flautas se fueron con la primera tormenta de nieve. El tiempo del piano había llegado. LEER



AFTER THE BOYS OF SUMMER HAVE GONE  Pablo Molinet

Basta con imaginarse a una docena de germánicos andrajosos dando diente con diente en su choza una madrugada de enero para apreciar el calado vital de estos versos: illi mens est misera / qui nec vivit / nec lascivit sub Estatis dextera (“Ánimos miserables los de aquellos / que no viven / ni se gozan bajo la diestra del verano”). Y de este otro, opuesto y complementario: “And summer’s lease hath all too short a date.” LEER


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